Lámina “Amy Winehouse: Like Smoke”

11,95

-Tamaño: 330×250 mm (incluyendo paspartú).

-Impresas sobre papel satinado Canson de 320 gr.

-Numeradas del 01/200 al 200/200, y firmadas por el autor de las ilustraciones.

-Incluye separata con el artículo “Amy Winehouse: Like Smoke” de Amadeu Sanchis impreso.

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Descripción

Como demostró la meteórica trayectoria de Amy Winehouse, el tránsito de las mujeres por la música popular ha sido siempre complicado y mucho más azaroso que el de los miembros del género opuesto. No solo por el machismo intrínseco de nuestras sociedades patriarcales, sino también por esa cierta condescendencia que hacia las mujeres han practicado sus colegas masculinos.
Cuando en el mundo del pop se desaparece físicamente antes de cumplir los 30 años, se entra inmediatamente en el altar laico de las estrellas que se apagaron demasiado pronto. Es así como apareció el club de los 27, expresión utilizada por la coincidencia en el tiempo de la muerte de grandes estrellas del rock como Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison, todos ellos fallecidos a los 27 años de edad. Más tarde, la muerte de Kurt Cobain y de Amy Winehouse reforzaba en el imaginario colectivo, que morir joven formaba parte de un precio a pagar para entrar de manera temprana en el legado de las leyendas de Rock. Porque lo cierto es que, aunque la lista de fallecidos a la edad de 27 años no haya dejada de crecer con músicos de géneros tan variados como el blues, el jazz o el soul, el impacto social y por ende generacional, se produce cuando se trata de grandes estrellas como lo era Amy.
El caso de la cantante británica de origen judío, nacida en Londres, es más especial. Con su estilo, y su extraordinaria voz, mezcla de diversos estilos como el jazz, el Rhythm and Blues, el soul e incluso el ska, consiguió en un tiempo record, colocar a través de sus canciones, todos esos estilos en lo más alto de las listas de éxitos, lo que valió ser la primera artista británica en ganar cinco Grammys en una noche.
Como ocurre a veces, la llegada del éxito de masas puede afectar tan negativamente como la ausencia del mismo cuando se trata de complicados equilibrios emocionales. Ese era el caso de esta mujer frágil, en la que se cebaron determinados tabloides amarillos, que no podían aceptar que las canciones de Amy hubieran engrandecido los parámetros de una música que en el siglo XXI parecía condenada a la vulgaridad del consumo de unas masas adocenadas. La cantante londinense debía de pagar un precio por ello. Que una muchacha británica de clase trabajadora consiguiera en poco tiempo un reconocimiento musical que no se recordaba desde los tiempos de The Beatles era demasiado para determinada prensa.
De hecho, su temprana muerte tras sufrir un colapso derivado de un síndrome de abstinencia parecía justificar todo lo que se había dicho de ella. Así, la cantante que había conseguido, a la vez, el reconocimiento definitivo de las mujeres en la música popular, mantener la música británica en lo más alto y hacer que estilos clásicos como el soul volvieran a influir en la industria musical, sería recordada como una adicta a las drogas y al alcohol, con un comportamiento tendente a la depresión. A ello contribuyeron los titulares de una prensa amarilla despiadada, que allanó el camino para que todo el mundo viera su muerte como el correlato lógico e inevitable de una vida autodestructiva.
Pero poco a poco ese recuerdo suyo se va desvaneciendo como el humo, y lo que queda es el poso de una extraordinaria artista. Una cantante vintage, que en pleno siglo XXI no solo escuchaba Jazz y Soul, sino que llegó a interpretarlo con tal sentimiento y tal convicción que como dijo Tony Benett, llegó a ser el equivalente de Billy Holiday y Aretha Franklin. Tan genial y tan frágil a la vez.

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